Monseñor Zordán presidió el Tedeum en Gualeguaychú
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Zordán estuvo acompañado de los presbíteros Mario Tournoud y Juan Pablo Martinolich.
El acto religioso fue acompañado por el gobernador de la provincia, Rogelio Frigerio, el intendente de Gualeguaychú, Mauricio Davico, junto a autoridades municipales y fuerzas de seguridad.
En su alocución, Zordán señaló que “la Patria es un don que hemos recibido”; esta certeza nos invita a celebrar y agradecer la bondad de Dios que nos la regala. Pero también sabemos que “la Nación es una tarea que nos convoca y compromete nuestro esfuerzo” , invitándonos a ofrecer lo mejor de cada uno para seguir construyéndola’”
Más adelante sostuvo que “La esperanza se afianza y consolida cuando somos capaces de construir sobre buenos cimientos particularmente los que llamamos valores; aquellos que nos dejaron nuestros mayores (como la honestidad, la laboriosidad, el sentido creyente de la vida, el valor de la palabra dada, el aprecio por la justicia…); además de los valores cívicos (como la democracia, el republicanismo, la preocupación por el bien común, el respeto por las ideas ajenas…), y los que hemos ido aprendiendo con las nuevas generaciones (la valoración de la diversidad, el cuidado del buen nombre de los otros, el valor de la inclusión, un profundo cuidado de la intimidad de los otros, el respeto por las opciones de cada uno…)”.
“La esperanza es un don que viene directamente de Dios: no surge de nosotros, no es una obstinación de la que queremos convencernos a toda costa” por eso la pedimos confiadamente para nosotros y para todos los habitantes de nuestra Patria. A María, la madre de Jesús, la contemplamos como madre nuestra y la invocamos con tantos títulos y nombres tan lindos a lo largo y ancho de nuestra Patria; a ella la llamamos también Nuestra Señora de la Esperanza, y le pedimos, como hijos, que nos contagie su esperanza” expilcó.
Compartimos el texto completo de la Homilía
TEDEUM EN LA FIESTA PATRIA
Iglesia catedral San José de Gualeguaychú
25 de mayo de 2026.
Romanos 5, 1-5
Salmo: 8, 4-9
Mateo 7, 21-27
La costumbre de celebrar el Tedeum cada 25 de mayo nació con la gesta libertadora, aunque ya desde la época colonial los creyentes se reunían para esta celebración de acción de gracias cuando sucedían acontecimientos importantes que marcaban la vida social y política de la comunidad.
Se relata que los cabildantes de 1810, a los pocos días de conformarse la Primera Junta de Gobierno, se dirigieron a la catedral de aquella ciudad de Buenos Aires para dar gracias a Dios por el nuevo gobierno e invocar la protección divina sobre el pueblo de la Patria naciente. Y desde entonces se estableció como una tradición ininterrumpida hasta el día de hoy.
Es verdad que en algunas circunstancias se utilizó esta celebración como espacio de presión política y, en muchas oportunidades, incluso con fines altamente confrontativos,
profundizando grietas y desencuentros. Utilizarlo de ese modo o esperar de esta predicación una definición político-partidaria, o peor aún, hacer de este lugar una tribuna de oposición, es no entender qué significa –o qué debe significar– para nosotros, las personas creyentes, una celebración litúrgica, como espacio de encuentro entre hermanos, y de ellos con Dios que se manifiesta como Padre de todos –absolutamente de todos–, y que a todos recibe y abraza como hijos.
Siguiendo esta noble costumbre, también nosotros nos reunimos para dar gracias y cantar nuestra alabanza a Dios por la Patria que tenemos; por este presente que fue entretejiéndose entre luces y sombras a lo largo de nuestra historia bicentenaria.
Dar gracias es reconocer que muchas de las cosas que tenemos –las que podemos disfrutar y nos llenan de alegría–, las hemos recibido como don de Dios. Pero también es reconocerlo a Él –incluso haciendo como una profesión de fe– que es “fuente de toda razón y justicia” (Preámbulo de la Constitución de la Nación Argentina), y reconocer en Él el rostro y el corazón de un Padre providente que sale a nuestro encuentro ofreciéndonoslo que necesitamos para vivir dignamente y construir una Nación para todos, en la que nadie quede fuera.
Ciertamente, “la Patria es un don que hemos recibido”; esta certeza nos invita a celebrar y agradecer la bondad de Dios que nos la regala. Pero también sabemos que “la Nación es una tarea que nos convoca y compromete nuestro esfuerzo” (CEA, Declaración de la 155o Comisión Permanente; 2010), invitándonos a ofrecer lo mejor de cada uno para seguir construyéndola.
La Palabra de Dios que proclamamos nos orienta en este compromiso.
Nos habla de esperanza. “La esperanza no quedará defraudada” (Rm 5,5). Y cuando nos
animamos a cultivarla, tampoco ella defrauda, ni desilusiona, ni acobarda.
Esta Palabra de Dios nos señala también que las dificultades asumidas y sobrellevadas con constancia van generando actitudes y valores capaces de sostener la esperanza, como aquel edificio construido sobre roca firme, del que hablaba Jesús en el Evangelio (cfr. Mt 7,24-25): pueden venir los vientos y las tormentas más terribles, pero la esperanza –como la casa del ejemplo de Jesús– permanece firme.
Lo sabemos por experiencia: la mirada corta nos abruma, nos ahoga, ensimisma, nos repliega y nos mete en un camino lleno de sombra y de oscuridad. En cambio, la esperanza nace, crece, se plenifica cuando sabemos mirar más allá de lo inmediato; cuando nos animamos a poner la mirada en las cosas sólidas y que dan solidez a la vida, porque no están sujetas al vaivén de los acontecimientos y de las circunstancias, como, por ejemplo, el sabernos amados inmensa e inmerecidamente por Dios, nuestro Padre (cfr. Rm 5,5).
La esperanza se afianza y consolida cuando somos capaces de construir sobre buenos
cimientos (cfr. Mt 7,24-25): particularmente los que llamamos valores; aquellos que nos
dejaron nuestros mayores (como la honestidad, la laboriosidad, el sentido creyente de la vida, el valor de la palabra dada, el aprecio por la justicia...); además de los valores cívicos (como la democracia, el republicanismo, la preocupación por el bien común, el respeto por las ideas ajenas...), y los que hemos ido aprendiendo con las nuevas generaciones (la valoración de la diversidad, el cuidado del buen nombre de los otros, el valor de la inclusión, un profundo cuidado de la intimidad de los otros, el respeto por las opciones de cada uno...). La esperanza se consolida cuando somos capaces de edificar sobre estas bases sólidas, aunque a veces no sean demasiado vistosas ni suficientemente valoradas en nuestro mundo.
Recuerdo una enseñanza del recordado Papa Francisco: “La esperanza es la virtud de quien tiene un corazón joven; de quien tiene los ojos llenos de luz, de quien vive una tensión sana y permanente hacia el futuro” (Audiencia General del miércoles 8 de mayo de 2024), porque “sólo cuando el futuro es percibido como realidad positiva, se hace llevadero también el presente” (Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi nro. 2). Y también del Papa Francisco: sólo “quien está animado por la esperanza es capaz de atravesar las noches más oscuras” (Audiencia General del miércoles 8 de mayo de 2024).
Llevémonos la certeza de que la esperanza es capaz de transformar la decepción en nuevos impulsos hacia adelante.
Que la esperanza es capaz de dar vuelta la queja amarga y la crítica implacable generando compromisos de colaboración para el bien común, sumando al trabajo de todos.
Que la esperanza es capaz de convertir el insulto agresivo y descalificante en palabras buenas y constructivas, incluso cuando haya que reclamar o exponer cosas que son incómodas y consideramos justas.
Que la esperanza es capaz de hacer madurar las posturas distintas –y a veces opuestas–
produciendo acuerdos sólidos, aún en medio del disenso que siempre supone la diversidad de miradas, porque eso nos hace crecer y nos potencia.
Que la esperanza será capaz de cambiar la costumbre de vivir de los otros en abnegada
laboriosidad y en actitudes responsables.
Que la esperanza es capaz de transformar la cerrazón de mente y corazón en caminos de encuentro creativo y de colaboración mutua.
Que la esperanza nos hace capaces de ser generosos y solidarios, incluso a veces en escala de heroísmo; “hasta que duela”, en el dicho atribuido a la Madre Teresa de Calcuta.
Que la esperanza nos hará capaces de pensar la Patria como algo que me pertenece, de la cual me siento parte y me compromete.
Que la esperanza es, de verdad, capaz de trasformar la tristeza en serena alegría.
Nos llevamos también la seguridad de que la esperanza será capaz de sostener el trabajo de tanta gente que no se achica y sigue adelante apostando por un futuro mejor.
Que la esperanza será capaz de alimentar las ganas de vivir de tantas familias, incluso cuando se hace difícil cubrir diariamente las necesidades básicas.
Que la esperanza será capaz de sostener el esfuerzo de los educadores que tienen la mirada puesta en un futuro más prometedor para sus estudiantes.
Que la esperanza nos permite hallar, aún en medio de la desazón y el sinsentido, un sentido válido para vivir, la seguridad de que toda vida vale la pena.
“La esperanza es un don que viene directamente de Dios: no surge de nosotros, no es una obstinación de la que queremos convencernos a toda costa” (Francisco, Audiencia General del miércoles 8 de mayo de 2024); por eso la pedimos confiadamente para nosotros y para todos los habitantes de nuestra Patria.
A María, la madre de Jesús, la contemplamos como madre nuestra y la invocamos con tantos títulos y nombres tan lindos a lo largo y ancho de nuestra Patria; a ella la llamamos también Nuestra Señora de la Esperanza, y le pedimos, como hijos, que nos contagie su esperanza.
+ Héctor Luis Zordán m.ss.cc.
Obispo




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